Conchita, la niña autista

Gloria Pimentel Chagoya, 2017

Fotografía: Ilustración http://www.pixabay.com, 18 de mayo de 2017

Los padres están desolados. Su hija es autista, dice el médico. Ella no habla, realiza algunas actividades sencillas en casa. Si su madre no la motiva, se queda sentada con la mirada perdida, ausente respecto de lo que la rodea.

—Doctor, dice la madre, ¿podrá curarse mi niña de esta enfermedad?

—Mire, señora, las nuevas investigaciones sobre el autismo no lo consideran como una enfermedad. Las niñas y niños autistas sólo son diferentes, son seres especiales a quienes hay que ayudar a desarrollar sus potencialidades.

—Es verdad, mamá –piensa Conchita–. Soy diferente. No necesito hablar para comunicarme contigo, siento que sale sobrando. Cuando me reflejo en tus ojos sé que me entiendes y me amas. A veces mi papá me repite palabras hasta que me quedo dormida y yo sólo leo en su rostro el hartazgo y la tristeza. ¡Pobre papá!

—Pero qué tonta es tu gente –le dice a la niña la neurona piramidal–. No saben que tu mundo está con nosotros.

—Como directora de la corteza cerebral, está muy ocupada enviando millones de mensajes invitando a las células del cuerpo de Conchita a la fiesta de Año Nuevo.

Los auditorios de cada aparato y sistema se pintan con rojo hemático y la niña los adorna con globos de grasa. Es Nochebuena y la primera en llegar a la médula ósea es la modesta plaqueta. Conchita la recibe:

—Te ves muy cansada, querida amiga.

—¡Cómo no lo voy a estar!, si hoy he tapado varios baches que encontré en los vasos sanguíneos, además de que infraccioné a unos eritrocitos que viajaban en sentido contrario. Déjame presentarte a mi madre, Doña Megacariocito. A mis primos, los glóbulos blancos: Don Basófilo, Don Eosinófilo Pérez, Don Monocito, Don Neutrófilo y Mister Linfocito Reyes.

La orquesta está compuesta por cinco elegantes hepatocitos que arribaron del hígado para amenizar el evento. Lucen elegantes trajes esmeralda que combinan con su tersa piel amarilla. La melodía El linfocito vaquero, alegre y rústica canción, anima a la pareja del osteoblasto y osteoclasto a inaugurar el baile. Como células del hueso, están más rígidas que una piedra. El osteoclasto y su pareja ya cansados, beben una copa de suero y devoran un delicioso mineral de calcio. Conchita se integra al rondín de bailarines cuando están tocando No rompas más, mi pobre corazón…

En un extremo del salón está el bar Ribosomal. Sobre brillantes esferas oscilantes sirven los meseros las más exóticas bebidas. Un grupo de macrófagos saborean hemosiderina, que por su agradable sabor a hierro atrae su fino paladar.

Conchita no se acerca a ellos porque estas células tienen fama de devorar bacterias y cuerpos extraños, son los barrenderos oficiales. Cantan canciones de Cri-Cri hasta que los sorprende el día; Che Araña es el tema que más los emociona. El líquido cefalorraquídeo es el deleite de innumerables astrocitos, células que en el cerebro transportan esta bebida para satisfacer el gusto de las neuronas del Centro de Saciedad. Los pequeños condroblastos, células del cartílago, disfrutan sendos vasos de líquido sinovial. El sudor compite en aroma y sabor con los mejores pulques de la región. En el auditorio gástrico, las células del estómago ingieren cientos de platillos y beben ricos jugos pancreáticos, así como malteadas de linfa y bilis.

En la mesa donde están departiendo un grupo de odontoblastos se suscita una riña con los melanocitos, quienes pigmentan la piel. Se lían a golpes porque el odontoblasto le grita “¡Negro!” al melanocito. “Pues tú eres un blanco desabrido”, le contesta la célula de la piel. Conchita los separa y son expulsados hacia la linfa. Al intervenir en este penoso asunto, la niña sabe que el melanocito y el odontoblasto terminarán siendo buenos amigos.

El baile continúa hasta el amanecer. Unas células rebotan como gomas, son las células de los músculos. Otras rechinan las rodillas, son las células de las articulaciones. Algunas bailan acostadas, son las células del epitelio.

Los conos y los bastones, células de la retina, presentan una exhibición que maravilla a Conchita: entre luces de láser, forman una gran torre viviente de dos milímetros de altura; los espectadores se miran preocupados de que algún bastón pueda caer.

Al día siguiente, el circo ambulante recorre los principales órganos de Conchita. Al frente viene la mejor compañía de domadores y cirqueros, son las células del riñón. Traen consigo unas fieras atrapadas en el último safari de la orina. En los encierros rugen los más variados monstruos. Unos animales tienen colas que azotan contra su prisión; son las bacterias coliformes.

Causan infecciones en el intestino y a veces invaden la selva del riñón, dañando las impresionantes nefronas y sus conductos. En otra jaula se encuentran las temibles amibas. Una placa metálica anuncia: “¡Peligro!, cuide a sus niños”. La amiba coli y la amiba histolítica proyectan sus seudópodos entre las rejas para atrapar a los inocentes glóbulos rojos que recorren el circo. Uno es devorado ante la incredulidad de Conchita. En un gigantesco vagón de magnesio, las células de los alvéolos transportan cientos de pelotas amontonadas. Son los famosos estreptococos y sus primos los estafilococos, bacterias que, con su enredada cabellera y ojos torcidos, infectan con frecuencia la garganta de la niña. Ahí se divierten contando chistes colorados junto con el virus de la gripe, entre tazas de té y uno que otro rico bocadillo.

—Atención, atención…, ahora viene lo mejor del espectáculo. Conchita, montada en una fasciola hepática, recorrerá un metro de distancia para competir por el premio mayor en la carrera más codiciada. Se enfrenta con niños autistas de todo el mundo. ¡Y arrancan!

—Vamos, mi fasciola, tú puedes, ¡corre más, corre más! El parásito, al serpentear, deja colgando a la niña, quien se agarra con fuerza de su vientre. Faltan unos centímetros para llegar a la meta y, cansado el parásito, echa espuma por la boca, así que decide lanzar a la niña por los aires.

Conchita vuela, Conchita flota, Conchita extiende sus brazos para abrazar a su madre que la recibe con gran cariño. Conchita, por primera vez en su vida, articula unas palabras y logra decir a su madre: ¡Feliz Año Nuevo!