Anécdotas de una mujer en el campo

Gloria Sárraga Rojas

Un día, durante mi estancia en la Lacandona me encontré con una acalorada discusión en la Comisaria ejidal, varios pobladores tenían asamblea y estaban definiendo si una niña de 16 años había sido ultrajada o bien, si como decía el pastor, había estado con ella para transmitirle el nahual, pues según él por medio de la conexión sexual podía transmitir sus poderes a la niña, por lo que no había sido una violación. Miré la cara de aquella pequeña desconcertada sin saber a ciencia cierta qué pasaba, tiempo después supe que estaba embarazada y el pastor en bien de la niña, se casó con ella. Seguramente fue violada y ahora iba a tener un hijo de aquel hombre que decidió compartir con ella sus “poderes”. ¿Sabía lo que le había pasado?, ¿pudo decidir su maternidad?, ¿tuvo elección de casarse o no?

En otra ocasión conocí a Anita, una niña tzeltal de 14 años, tenía en brazos a un bebe de aproximadamente un año, le pregunté: ¿es tu hermanito? Ella contestó: No, es mi kerem (hijo, en su idioma). Me sorprendí y entendí porqué aquellas mujeres de esa comunidad me miraban incompleta pues a mis 25 años no tenía esposo mucho menos hijos. Estuve trabajando en esa zona durante seis meses, era inevitable comparar la realidad que vivimos las mujeres de la ciudad con la de comunidades rurales.

En mi ciudad, la de México, todavía hay muchas adolescentes que deciden embarazarse, pero también hay otras que no y tienen la opción de interrumpir su embarazo legalmente desde el 2007 y, aunque falta mucho por hacer tienen acceso a la educación sexual. En cambio, en las comunidades de la Selva Lacandona no se habla de estos temas, no hay centros de salud cercanos, mucho menos pensar que existan métodos de planificación. Según los habitantes, te contaban en secreto que si se practicaban abortos clandestinos y si la comunidad se enteraba, las mujeres que lo hacían, podían ser expulsadas de sus comunidades.

Si bien es cierto aún el rezago que tenemos las mujeres por el solo hecho de ser mujeres en México. Esto es muy fuerte y la lucha se tiene que seguir dando desde todas las trincheras, pero las que tenemos la oportunidad de vivir en una ciudad de vanguardia no podemos pensar que nuestra realidad es la misma que la de todas las mexicanas, nosotras hemos ganado el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, pero en otros estados las mujeres no tienen derecho a una educación sexual integral, no conocen sus derechos de la salud ni reproductivos y siguen siendo encarceladas si deciden interrumpir su embarazo incluso si tienen abortos espontáneos.

Esta sociedad patriarcal y doble moralina en la que vivimos nos sigue señalando por pelear nuestro derecho a decidir, a exigir políticas públicas que permitan abortar a una mujer sin el riesgo a morir o ser encarcelada; a tener una educación sexual de calidad que nos permita ejercer nuestro derecho al placer, sin miedo. Si una adolescente decide ser madre, no existe una política de Estado que le permita construir un proyecto de vida, es estigmatizada las que abortan son señaladas en todo el país por asociaciones religiosas o incluso la misma comunidad, pero las que deciden no tener hijos también son tachadas de frívolas, incluso las que sólo tienen uno se les marca de egoístas por no darle un hermanito a ese niño.

Las mujeres seguimos cargando con culpas que en realidad deberían ser responsabilidades compartidas por todos los sectores, por todos nosotros como integrantes de este sistema que seguimos viendo la interrupción legal del embarazo como un hecho aberrante, pero no exigimos una educación sexual integral en la que se hable de erotismo, de violencia de género, de relaciones interpersonales sanas sin violencia, de métodos anticonceptivos. Nos negamos estos temas porque pensamos que son permisivos para las jóvenes, pero las estigmatizamos cuando comenten errores y las culpamos de nuestras omisiones como sociedad.

¿Qué podemos hacer? Informarnos, participar en algún proyecto feminista, hablar de estos temas, hablar con la mujer que va a tu lado, con tus amigos con tus vecinos, con tu pareja, exigir tus derechos desde tu hogar. Levanta la voz por ti, por mí y por otras mujeres que están siendo violentadas en múltiples situaciones día con día. Sororidad en movimiento es lo que necesitamos todas.