El cuerpo femenino: una historia de represión y lucha por su control

Foto: tomada de http://www.wikimedia.org consultado el 6 de mayo de 2019.

Olivia Gómez Lezama*

El derecho de toda persona a ejercer libremente su sexualidad de manera informada y responsable, así como a decidir el número de hijos y su esparcimiento constituye uno de los derechos fundamentales reconocidos por el conjunto de las naciones. De acuerdo con la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, adoptada por México el 18 de diciembre de 1979 y publicada en el Diario Oficial de la Federación (dof) el 12 de mayo de 1981, los derechos sexuales y reproductivos

incluyen el derecho a decidir de manera autónoma cómo vivir la sexualidad y reproducción propias, y el derecho a acceder a todos los servicios de salud que se requieran para ejecutar estas decisiones de manera segura y oportuna.1

Un par de años antes, el 31 de diciembre de 1974, se había publicado en el dof la reforma a nuestra Carta Magna (Constitución) que incorporaba en su artículo 4 los derechos sexuales y reproductivos, también se establecía la igualdad ante la ley entre la mujer y el hombre. Como podemos observar estos derechos son de reciente creación si tomamos en cuenta que tan sólo distan cinco décadas desde que estos temas comenzaron a llamar la atención de los Estados.

Las luchas feministas de principios del siglo XX se habían concentrado en conseguir el derecho al voto para la mujer (a votar y ser votada), es decir, poder elegir a los gobernantes y a ser postulada como candidata para ocupar un cargo de elección popular. Sin proponérselo, tal vez dejaron de lado otras luchas de las mujeres, como el derecho a decidir libremente sobre su cuerpo y sexualidad. Esta tarea que había quedado pendiente la llevaron a cabo otras generaciones de mujeres que formaron parte de lo que se conoce como “neofeminismo”, es decir, una ola de nuevas feministas que de esta manera se distinguían de las “sufragistas” que pertenecían a la generación que luchó por conseguir el voto a la mujer y que en México se concretó en 1953. En ese sentido, podríamos decir que fueron sus hijas y nietas quienes le dieron continuidad a sus luchas feministas, pero ahora enfocadas en otros ámbitos igual de importantes.

Para la década siguiente, los sesenta, la juventud incluyendo a las mujeres vivió cambios sustanciales en comparación con las generaciones anteriores. Gracias al modelo de “desarrollo estabilizador”, implementado en México entre 1954 y 1970, aquellas nuevas generaciones pudieron gozar de mayores beneficios, como un mayor acceso a la educación superior. Este cambio también se dio a nivel mundial, pues las generaciones que nacieron después de la Segunda Guerra Mundial también vieron incrementados sus niveles de vida, consumo y la expansión de los medios masivos de comunicación.2 Todo ello contribuyó a que se diera una revolución contracultural de los jóvenes en la que las mujeres jugaron un papel de suma importancia, pues buscaron modificar los valores sociales que hasta entonces pervivían y que atentaban contra la dignidad de la mujer.

Este ánimo revolucionario cultural se expresaba en el lema hippie que caracterizó aquella época de “amor y paz” y en los movimientos en los que la juventud cuestionó el statu quo y a los gobiernos prevalecientes, teniendo por respuesta la represión y la censura como lo ocurrido durante 1968 en Checoslovaquia con la “Primavera de Praga” en la que los jóvenes promulgaban un “socialismo con rostro humano” que respetara la libertad de expresión, reunión, opinión, etcétera; o durante el “Mayo Francés” en el que los jóvenes y el movimiento obrero fueron reprimidos; y también en 1968 el movimiento estudiantil mexicano que fue duramente reprimido por el ejército. Estos son tan sólo algunos ejemplos.

Durante el movimiento estudiantil las mujeres no ocupaban papeles protagónicos de liderazgo; sino que, se les seguía relegando en el desempeño de tareas que no eran visibles a pesar de que el movimiento era crítico y de izquierda, lo cual hablaba de la necesidad de cambiar las conciencias, es decir, de producir cambios profundos en la concepción del rol femenino, ya que se seguía reproduciendo el mismo modo de dividir las tareas como ocurría en las familias:

Si bien la participación numérica entre hombres y mujeres en el movimiento de 1968 fue similar, no sucedió lo mismo con la actuación y el liderazgo. A ellas se las relegó a labores de impresión y reparto de volantes; preparación de alimentos para quienes hacían guardias; limpieza y mantenimiento de los locales donde se reunían los comités; engrosaban las filas de las manifestaciones, daban apoyo y participaban como brigadistas, pero el poder de la palabra y la discusión lo tenían muy pocas, porque en realidad estaban marginadas.3

Esta experiencia puso énfasis en el cuestionamiento de los roles femenino y masculino y abrió las puertas al ejercicio de nuevas prácticas sexuales y reproductivas, a lo cual contribuyó la comercialización de las pastillas anticonceptivas. De esta manera se reivindicó la autonomía del cuerpo femenino y la liberalización de las costumbres: “En varios lugares del mundo se iniciaron campañas para legislar sobre el divorcio, el derecho al aborto y la igualdad de salarios; por la no discriminación por razones de sexo y en contra de la violencia hacia las mujeres”.4

Hablar de estos temas en las familias era una cuestión sumamente problemática, ya que sus moldes obedecían a una manera de pensar y concebir a la mujer que se había construido desde hacía siglos durante la Edad Media y que se había trasladado al continente americano con la llegada de los españoles.5 En el siglo XII el matrimonio se estableció como un sacramento en forma de contrato entre los cónyuges con el propósito de construir alianzas entre los reinos europeos, pero también para regular la reproducción y “poner remedio a la lujuria. En ese entonces, se autorizaba el matrimonio a los 14 años para el varón y a los 12 para la mujer”.6

Bajo esta concepción del matrimonio, en la mujer recaía la honra del hombre y de la familia, ya fuera la esposa, madre, hija o hermana. Por lo que el varón debía “cuidar” y tener el control del cuerpo femenino para no ser deshonrado. En consecuencia, si el hombre cometía adulterio “no afectaba la honra de la mujer engañada [pero, en cambio, si la mujer cometía sacrilegio el marido podía] tomar venganza y hacerse justicia por su propia mano matando a la mujer adúltera”.7

Las mujeres de los años sesenta y setenta fueron unas heroínas al luchar por modificar estos moldes que le quitan a la mujer su calidad de ser humano, pues dejan su valor y cuerpo en manos del varón más cercano y de una sociedad hegemonizada por los hombres. Me gustaría afirmar que esto es cosa del pasado, lamentablemente no es así y hoy en día aún podemos constatar que este pensamiento retrograda prevalece en la mentalidad de muchos hombres. De ahí que ésta sea una de las causas de los miles de feminicidios que ocurren todos los días. Sin duda debemos seguir luchando para eliminar esta concepción que no sólo afecta a las mujeres, sino a las familias con hijos con problemas emocionales y a la sociedad.

 

*Doctora en Historia Moderna y Contemporánea en el Instituto Mora, con líneas de investigación en historia política y de las izquierdas.

1Bonifaz Alfonzo, Leticia (2017), La evolución de los derechos de las mujeres a partir de la Constitución de 1917, México, Suprema Corte de Justicia de la Nación, p. 84.

2LauJaiven, Ana (2013), “Emergencia y trascendencia del neofeminismo”, en Gisela Espinoza Damián y Ana LauJaiven (coords.), Un fantasma recorre el siglo: luchas feministas en México 1910-2010, México, Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco / El Colegio de la Frontera Sur / Itaca, p. 149.

3Ibid., p. 152.

4Ibid., p. 150.

5RosellóSoberón, Estela (2016), “El mundo femenino de las curanderas novohispanas”, en Alberto Baena Zapatero y Estela RosellóSoberón (coords.), Mujeres en la Nueva España, México, Instituto de Investigaciones Históricas-Universidad Nacional Autónoma de México.

6 Meza Márquez, Consuelo, y María Amalia Rubio Rubio (comps.) (2010), Inventando el presente. De la expropiación del cuerpo a la construcción de la ciudadanía, México, Universidad Autónoma de Aguascalientes, p. 59.

7Idem.