Las paredes pueden hablar…

Natalia Eguiluz*

Tradicionalmente, el espacio público ha estado prohibido para las mujeres, pues de manera dominante se consideraba que su papel era estar en casa: ser madre; mientras que el del hombre era salir a trabajar: ser proveedor. Con estas concepciones de género las mujeres no podían ir a la escuela, ejercer sus derechos políticos, ni tomar decisiones sobre su propia vida, ya que se pensaba que su única función en la vida era servir a los varones, así como dedicarse a tener y criar a los hijos e hijas bajo la tutela de alguna figura masculina.

Sabemos bien que las cosas han cambiado en muchos sentidos, sin embargo, aún prevalecen estas construcciones de género y, por lo mismo, habitualmente cuando una mujer es violentada y denuncia el hecho, lo primero que se piensa y se pregunta social e institucionalmente es ¿se habrá portado mal?, ¿cómo iba vestida?, ¿por qué andaba sola en la calle?

Estos cuestionamientos erróneos y tristemente extendidos en nuestra sociedad remiten al hecho de que, hoy en día, a las mujeres nos sigue siendo negado el espacio de lo público en muchos aspectos, por ejemplo, a través del acoso sexual callejero, las violaciones y el feminicidio sistémico. También podemos mirar dicha negación analizando la dificultad que implica para las mujeres participar en la política y la posibilidad de que desempeñen papeles relevantes en la toma de decisiones en y para la colectividad.

Todo aquello que está relacionado con el espacio público es considerado, jerárquicamente, de mayor importancia que lo que acontece en el espacio íntimo, sitios que han sido ligados a lo que entendemos por masculino y femenino, respectivamente. Por consiguiente, que las mujeres entren y sean protagonistas en la esfera de lo público involucra una ruptura con los roles de género dominantes.

Murales contra la desigualdad

Uno de los ámbitos en los que se ha buscado superar la desigualdad y socializar la problemática de las mujeres es el del arte, en particular en la realización de murales en espacios públicos. Durante la primera mitad del siglo XX artistas como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco, los llamados “tres grandes”, crearon obras con un alto contenido social crítico, pero fueron pocas las mujeres que participa- ron en el movimiento muralista. A casi una centuria de distancia, los muros de nuestras ciudades —sobre todo desde que prima la lógica neoliberal— están repletos de anuncios publicitarios que reproducen ideas clasistas, racistas y sexistas, y sigue habiendo poco lugar para murales que expresen y denuncien la opresión y la desigualdad que impera en nuestra sociedad.

Pero hay artistas que dan la batalla y realizan murales en espacios públicos con un sentido de denuncia, reivindican identidades, crean testimonios de memoria colectiva en busca de justicia sobre hechos de represión y asesinato que el gobierno busca dejar en el olvido. Dentro de esta vertiente encontramos a mujeres creadoras que se organizan en colectivos, y otras que de manera individual, incluso en las paredes exteriores de sus casas, se expresan e intervienen un espacio cotidiano limítrofe entre lo íntimo y lo público.

Un ejemplo a destacar es el trabajo de Yolanda Alarcón, compañera que participa en morena, quien concibe el arte como un acto educador y en 2012 decidió pintar un mural en la fachada de su hogar para invitar a sus vecinos y vecinas a reflexionar sobre la violencia que se vive en México.1

Por otro lado, en nuestro país hay artistas que están desarrollando proyectos de muralismo comunitario contra la violencia hacia las mujeres. A diferencia del muralismo tradicional, el mural comunitario2 es un proceso a través del cual la o el artista interviene para detonar participación, reflexión y diálogo sobre las problemáticas que determinada comunidad identifica, para decidir de manera colectiva qué se representará en el mural. Para participar no es necesario tener un conocimiento previo especializado en pintura, pues durante el proceso se aprende; además, más allá de la técnica, interesa el diálogo, la creatividad, visibilizar la problemática y propiciar procesos organizativos para la transformación social.

El mural comunitario contra la violencia hacia las mujeres es uno de los caminos que podríamos recorrer para abonar a la construcción de una sociedad justa e igualitaria. Las paredes pueden hablar…

 

*Artista plástica feminista, mtra. en estudios de la mujer (Universidad Autónoma Metropolitana [UAM]-Xochimilco).

 

1 Entrevista a Yolanda Alarcón realizada por Natalia Eguiluz, Ciudad de México, 24 de marzo de 2017.

2 Cristina Hijar González, “Pintar obedeciendo: mural comunitario participativo”, en Discurso Visual, núm. 18, septiembre-diciembre de 2011, <http://discursovisual.net/dvweb18/aportes/apohijar.htm&gt;, fecha de consulta 1 de septiembre de 2017.