Mujeres, economía y cultura: otra forma de organizarnos, otros imaginarios

Natalia Eguiluz

 

Natalia Eguiluz. sin título, de la serie feminismos, técnica mixta, 2008/2018

El neoliberalismo se ha impuesto en el mundo a partir de la década de 1980. Desde entonces ideas como: “la mano invisible que mueve al mercado so­lucionará todo”, se han difundido sin cesar, con el fin principal de desaparecer la responsabilidad del Estado en materia de bienestar social. De manera habitual pensamos que el neoliberalismo se trata sólo de un modelo económico privatizador, sin embargo, éste también tiene una dimensión polí­tica, social y cultural.

Los estragos que ha dejado el neoliberalismo son claros: el 1 % de los habitantes del mundo concentra más riqueza que el otro 99 %; y 62 personas –53 hom­bres y 9 mujeres– son dueñas de la misma riqueza que la que posee la mitad más pobre del planeta.1 Este sistema no podría subsistir sino fuera por dos estrategias. La primera de ellas es la coercitiva y se impone mediante las fuerzas represivas y militaristas contra toda oposición y resistencia; la segunda –que es la más difícil de detectar pues la internalizamos en nuestras mentes– tiene que ver con generar con­senso, es decir, que todos y todas lleguemos a pensar que es lo mejor o al menos que no hay otra vía. El consenso se logra a través de la difusión de una serie de ideas del mundo –que se nos han venido repitien­do una y otra vez durante años– por distintos medios: televisión, escuelas, radio, arte, etcétera, basadas en la desmemoria, el conformismo ante la supuesta imposibilidad de llevar a cabo transformaciones de fondo, pero sobre todo mediante la profundización del individualismo y la competencia: la exaltación de una libertad superflua, que sólo unos cuantos tienen posibilidad de ejercer a través de aplastar los dere­chos de la mayoría.

Ya decían Marx y Engels que “las ideas dominan­tes en cualquier época no han sido nunca más que las ideas de la clase dominante”2 –y añadiría: de los grupos privilegiados en general–. De esta manera economía, política y cultura están estrechamente vinculadas.

Con la imposición del neoliberalismo en nuestro país el campo de la cultura no corrió con una suerte distinta a la lógica empresarial que ha prevalecido en otros ámbitos. Las privatizaciones de los recin­tos que antes estaban en manos del Estado, crece de manera importante desde la crisis de 1982 [se perciben] tendencias equi­valentes a las que se imponían en la economía glo­balizada. Se adelgazó el aparato estatal en la cultura y aumentó la intervención de empresas privadas na­cionales y transnacionales.3

El desmantelamiento de la infraestructura cultu­ral y una visión privatizadora de la misma tiene sus consecuencias, no sólo en relación a quiénes tienen acceso a la cultura y el arte sino también en cuanto a qué tipo de arte y cultura se produce y exalta, y por lo tanto qué ideas del mundo se difunden y reproducen.

Cabe señalar que al menos en el campo de las ar­tes plásticas varias obras y exposiciones son finan­ciadas por las mismas empresas que imponen go­biernos y se benefician de las políticas neoliberales en nuestro país, y, por consiguiente, no propician la creación crítica con verdadero compromiso social.4 Por otro lado, las investigaciones sobre cultura han pasado del análisis sobre identidades, memoria histórica, soberanía, etcétera, a priorizar enfoques que se dirigen hacia lo que este sector contribuye al producto interno bruto, sin embargo, la ponde­ración de la rentabilidad que puede tener el sector no se ha reflejado en mayor reconocimiento al tra­bajo artístico y cultural como tal, y mucho menos a la asignación de mayor presupuesto, tampoco a la posibilidad de que mujeres y hombres dedicados al arte, la artesanía, la promoción cultural, etcétera, puedan ejercer sus derechos en tanto trabajadores.

Natalia Eguiluz “pensar otros horizaontes”. gráfica digital, 2018

En el marco de este lamentable panorama del sector cultural, la mayor parte de la comunidad ar­tística y cultural en nuestro país se mueve en una especie de limbo basado en la oferta y la deman­da, con pagos bajos o a veces incluso una vez rea­lizado el trabajo (la pintura, el concierto, la obra teatral, etcétera) el pago nunca llega, pues la labor creativa no ligada a negocios empresariales hasta se duda que sea trabajo. Además, si articulamos la condición de clase, etnia y sexo de los y las creado­ras resalta el hecho de que las mujeres se enfren­tan a una situación más complicada.

Las mujeres mexicanas se dedican en promedio 42.5 horas a la semana a realizar trabajo no remu­nerado, esto es: limpiar la casa, cuidar a infantes, a las y los adultos mayores, a preparar los alimentos etcétera, en contraste, los hombres sólo destinan 12.8 horas semanales.5 Bajo dichas desigualdades en los roles de género, resulta evidente que la falta de acceso a guarderías, a pensiones y, en general, la precarización laboral de las y los artistas aunque afecta tanto a mujeres como a hombres impacta de manera más contundente a las mujeres, y con ello merma su posibilidad de crear, difundir y vivir de su trabajo en tanto artistas.

A partir de esta bisagra de invisibilización de los trabajos relacionados a lo creativo y a la sostenibi­lidad de la vida, voces de artistas se han escuchado demandando el reconocimiento de estas activida­des como trabajo, así como la transformación en el reparto de las labores domésticas y de cuidados, y por supuesto, los derechos laborales y el acceso a seguridad social para las y los artistas.

Es claro que la precarización laboral en el neo­liberalismo se extiende a una velocidad vertigino­sa, por lo que lograr un cambio verdadero resulta impostergable. Pugnar por la universalización de los derechos y poner por delante el derecho  a una vida digna para  la población, independientemente de su situación laboral, es urgente. A su vez, habría que mirar las iniciativas colectivas que se han ido desarrollando, como la creación de cooperativas conformadas por artistas y/o artesanas, así como ­prácticas de intercambio basadas en el trueque o en la economía solidaria, las cuales en sí  mis mas significan la posibilidad de organizarnos de otra forma, lo que incluye no sólo pensar en cómo hacer esfuerzos colectivos para procurarnos las necesidades básicas y plantear resistencias a la lógica económica del capitalismo salvaje que ac­tualmente impera, sino también un apertura hacia otras formas de concebir nuestra vida, por lo tanto, a regresar a mirarnos como sujetos sociales, pertenecientes a una comunidad en la que todas y todos debemos participar y contribuir en con­diciones de igualdad, lo cual constituye también una acción política de transformación.

Dichas iniciativas dan y darán frutos a su vez en la producción cultural, ideas de mundo distintas, que plantean otras formas de pensarnos, imaginarnos y de crearnos como sociedad, pues como decía en líneas anteriores: la economía, la política y la cultura sin duda están estrechamente vinculadas. Construir otros horizontes pasa también por cambiar el sistema económico y viceversa.

1 Véase Oxfam (18 de enero de 2016), “62 personas poseen la misma riqueza que la mitad de la población mundial”, disponible en <https://oxf.am/2spg59A&gt;, consultado el 12 de febrero de 2018.

2 Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, Moscú, Progreso, 1976, p. 48.

3 Néstor García Canclini y Ernesto Piedras Feria, Las industrias culturales  y el desarrollo de México, México, Siglo XXI / Ibero /Flacso, 2006, p. 10.

4 Véase Sara Brito (2006), “México está que arte”, 27 diciembre 2006, disponible en <www.cnnexpansion.com>, consultado el 12 de febrero de 2018.

5 Véase Inegi, “Inegi e Inmujeres presentan los resultados de La Encuesta Nacio­nal sobre Uso del Tiempo 2014”, 13 de julio de 2015, disponible en <http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/boletines/2015/especiales/especiales2015_07_2.pdf&gt;, consultado el 12 de febrero de 2018.