La autopsia

Gloria Pimientel Chagoya, agosto 2018

Pocos edificios hay tan tristes en la ciudad como esta construcción de ladrillo que se perfila a lo lejos. Te vas acercando y entonces percibes el viejo y borroso letrero: Servicio Médico Forense.

De momento sientes el fuerte impulso de regresar sobre tus pasos, pero tienes que entrar, los muertos van  a ser tus fieles compañeros de trabajo mientras vivas. Con peritajes pesando órganos, abriendo vísceras, midiendo cráneos.

Tus pasos suenan huecos en el piso de cemento con baldosas color ocre. El corredor que  lleva al anfiteatro  te recuerda el dantesco camino al infierno. Paredes manchadas de color indefinido y  el olor a formol penetra tu nariz junto a la materia orgánica descompuesta.

En el anfiteatro te cruzas con una pileta donde se amontonan decenas de cadáveres. Mujeres y hombres, jóvenes y ancianos semejando una familia real que encontró feliz descanso. Al otro extremo de la sala y alrededor de una gran  plancha metálica se apretujan los espectadores: quieren ver por última vez al líder del pueblo que ayer fue asesinado por acompañar a los campesinos en una invasión de tierras.

Foto: tomada de http://www.pixabay.com, 30 de agosto de 2018.

Un empleado del Semefo, en un rito silencioso, toma con su mano enguantada un cepillo y con la otra arrastra una manguera. Lava energéticamente al cadáver derramando abundante agua sobre el cuerpo. Su apariencia es insignificante, de complexión delgada y baja estatura. La piel es morena, cabellera negra e hirsuta, abdomen abultado y extremidades cortas.

Ves entrar al médico forense, hombre de edad avanzada. Viste una bata blanca, guantes y cubrebocas. Su seriedad e indiferencia contrasta con los gestos morbosos y tensos de la concurrencia. El silencio es tal que fuera de esta escena es imposible que exista otra en el mundo.

Como auxiliar del galeno, acercas el instrumental quirúrgico y preparas una libreta para anotar el reporte. Una línea imaginaria surca el aire, el bisturí hábilmente manipulado por esa mano profesional se apresta a cortar la piel del tórax.

Tus ojos te engañan, estás alucinando, aquello no es posible, pero enseguida diriges tu mirada hacia los demás, quienes exhalan un grito de espanto. El hombre de la plancha ha movido débilmente las manos.

–¿Qué pasa señores? ¿Por qué ese inesperado murmullo? –pregunta el médico– Guarden silencio, necesito concentrarme. Otra interrupción y tendré que sacarlos de la sala.

El bisturí penetra en el cuello y del cadáver brota un lastimero y largo gemido. Los presentes se repliegan a  la  pared. Tú te quedas petrificada en el piso.

El galeno explica que el hombrecillo no es un resucitado, simplemente tiene indicios de vida. Es decir, está medio vivo o medio muerto. Esto no debe impedir la autopsia. Sus argumentos confunden a la gente. El profesionista se apresta a continuar con la incisión en el abdomen, pero tú le pides que suspenda la macabra tarea y él contesta para asombro de todos:

–Colega, no me interrumpa, este hombre está muerto. Así lo consta el acta de defunción y el peritaje.

Cuando intenta proseguir, tú le detienes el brazo, le gritas que está loco:

–¡Por el juramento de Hipócrates debe suspender este acto absurdo!

El médico entonces increpa:

–Basta señores, es el colmo que estén alterando el protocolo. Tengo posgrado en la Universidad  de Comegen  y he estado en las mejores instituciones extranjeras. Es necesario conocer la causa de la muerte de este individuo.

Al sentirse nuevamente lastimado, el hombrecillo se agita torpemente sobre sí mismo y apoyando con dificultad los codos sobre el metal frío intenta incorporarse. Enojado, el forense llama a los vigilantes quienes desalojan la sala y a ti te apuntan con un arma en la cabeza.

El médico coloca el cadáver boca abajo y te muestra una gran etiqueta pegada a sus nalgas que dice: “Made in México”. Esta es la mejor prueba de que el sujeto ya es un producto de exportación, logro del Tratado de Libre Comercio.

Los argumentos del cirujano son demoledores. El desaliento te invade.

El hombre entonces comprende su papel histórico y con un gesto resignado y lágrimas en los ojos se acomoda para que el galeno concluya la autopsia.