De la casa a la plaza pública: la participación de la mujer en la vida pública. Un balance de los logros conquistados

Olivia Gómez Lezama*

Desde tiempos antiguos, en la antigua Grecia, cuna de la democracia (demos, que significa pueblo y cratos, gobierno, es decir, el gobierno del pueblo) sólo los hombres que reunieran una serie de requisitos como no ser esclavo, ser hijo de ciudadanos, no ser extranjero, ser propietarios de tierras, podían obtener la calidad de ciudadanos y participar de la vida pública, es decir, opinar y decidir sobre los asuntos que nos conciernen a todos, desde aspectos como el alumbrado y el drenaje públicos que todos usamos, hasta el poder decidir quién o quiénes son nuestros gobernantes.

De este modo, el ámbito público era asignado a los hombres y el privado, es decir lo que sucedía al interior de las casas, a las mujeres, por lo tanto ellas quedaban subordinadas a ellos; la mujer no debía interesarse siquiera por lo que pasaba fuera de casa, eso sólo le concernía al hombre. Él era quien poseía la calidad de ciudadano con deberes militares, propietario de bienes y tierras, con derechos políticos y autoridad sobre su esposa y descendencia, y que por sus compromisos y obligaciones pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa.1

Este pensamiento patriarcal de la antigua Grecia lamentablemente, aún después de muchos miles de años, sigue perviviendo en la mentalidad de muchos hombres. La frase de Menandro (literato de aquella época): “Una mujer honrada debe permanecer en casa; la calle es para las mujerzuelas”,2 pervive hasta el día de hoy siendo uno de los aspectos que promueven los feminicidios que se han agravado en México.

Foto: tomada de http://www.wikipedia.com, 30 de enero de 2019

Sin embargo, también es cierto, que las mujeres hemos luchado para conquistar nuestro derecho a participar en los asuntos públicos. Mujeres de muchas naciones buscaron conquistar el derecho al voto para poder participar en las decisiones públicas. Desde finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, como las sufragistas en Gran Bretaña, nombre que se les dio precisamente por luchar por la obtención del sufragio, es decir, el voto, hasta en América Latina. En la Argentina de 1933 las mujeres motivaron y participaron de la discusión para obtener el voto. De acuerdo al testimonio de una de ellas, éste resultaba necesario debido a que “Desde niña quieren los reaccionarios darle educación distinta al muchacho, preparándola, según ellos, para la misión de madre y ama de casa. Es un error, las educadoras de los niños deben ser instruidas”.3 Por su parte, en Guatemala entre 1944 y 1954, la Alianza Femenina Guatemalteca, la Unión Femenina Guatemalteca Pro-ciudadanía y muchas otras mujeres, participaron en el movimiento por la reivindicación cívica femenina que buscaba el reconocimiento de los derechos cívicos de la mujer. Las explicaciones que se daban en contra de ello no variaban mucho de las expuestas en otros casos. Se decía que las mujeres no tenían la experiencia ni habilidades para ocuparse de la vida pública, de participar en política y que, debido a ello, podían ser influenciadas fácilmente por la Iglesia y sus maridos para emitir su voto en determinado sentido;4 es decir, que no consideraban que la mujer tuviera capacidad propia de pensamiento, decisión y acción, ya que seguía prevaleciendo la idea de subordinación a lo masculino.

En México las mujeres también lucharon por participar de los asuntos públicos. En 1935 muchas de ellas fundaron el Frente Único Pro Derechos de la Mujer, organización

que llegó a contar con más de 50 000 afiliadas, de diferentes profesiones y tendencias: intelectuales, profesionistas —maestras sobre todo— veteranas de la Revolución, obreras, mujeres de diversos sindicatos y partidos políticos, reunidas en el Frente, cuya demanda principal era alcanzar el derecho al voto, pero que contenían en su programa puntos atractivos para todas.5

Sin embargo, las conquistas femeninas más recientes que se dieron una vez que se obtuvo el voto en 1953 fueron debido al movimiento feminista que emergió en la década de los años setenta del siglo XX. Desgraciadamente, a pesar de que ya somos consideradas ciudadanas y contamos con derechos políticos que nos permiten ocupar cargos en el gobierno, todavía existe un pensamiento sexista denigrante hacia las mujeres. Como lo define Marta Lamas, una de sus protagonistas, “el sexismo [es] la discriminación basada en el sexo [y] como practica institucionalizada alude a la subordinación de las mujeres”.6 Si bien, desde 1974, la Constitución establece la igualdad entre hombres y mujeres,7 en realidad en la cotidianidad todavía existen prácticas discriminatorias hacia las mujeres, por lo que

Mientras exista la violación, mientras los salarios femeninos sean menores, mientras los maridos maltraten a sus esposas, mientras se obstaculice el acceso femenino a ciertos puestos, mientras no exista la libertad de interrumpir un embarazo no deseado, no habrá igualdad social posible entre hombres y mujeres.8

A diferencia del pasado, hoy comprendemos que lo que pasa al interior de las casas se reproduce en las calles, por lo que, tanto en el espacio público como en el privado, pervive la violencia y discriminación hacia las mujeres repercutiendo en el tipo de sociedad malsana y violenta en que vivimos. Por lo tanto, como producto de las luchas dadas por las mujeres en las últimas décadas, se han dado diferentes leyes que buscan disminuir dicha problemática tales como la Ley para la Protección de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (2000), Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación (2003), Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres (2006) y la Ley General de Acceso de Mujeres a una Vida Libre de Violencia (2007) y su Reglamento (2008).9 Ciertamente se siguen cometiendo actos de violencia y discriminación hacia las mujeres, por eso es importante que exista un marco jurídico que garantice que esto no ocurra y por ello debemos continuar luchando como en su momento lo hicieron las mujeres de otras épocas por el derecho al voto.

* Doctora en Historia Moderna y Contemporánea en el Instituto Mora, con líneas de investigación en historia política y de las izquierdas.

1 Pacheco González, Sergio (2006), “Lo masculino es la polis, lo femenino la oikos ¿Y la mujer pública?”, en Documentos de trabajo de la Coordinación de Investigación, Instituto de Ciencias Sociales y Administración-Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, núm. 108, mayo, México, p. 8.

2Ibid., p. 13.

3 Pasquali, Laura (2012), Voces desobedientes: el activismo de las mujeres en la escena política argentina, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (col. Gritos y Susurros: Separatas de historia sociocultural rosarina) / El OmbáBonsai, Buenos Aires / Rosario, p. 19.

4 Rodríguez de Ita, Guadalupe (2012), Mujeres abriendo brecha en la primavera guatemalteca (1944-1954), Nostromo, México, p. 54 y 58.

5 Tuñón, Enriqueta (2006), “La lucha política de la mujer mexicana por el derecho al sufragio y sus repercusiones”, en Ramos Escandón Carmen (coord.), Presencia y transparencia: la mujer en la historia de México, El Colegio de México, México, p. 185.

6 Lamas, Marta (2001), “Sexismo y feminismo”, en Francisco Blanco Figueroa (coord.), Mujeres mexicanas del siglo XX. La otra revolución, t. 4, Edicol, Universidad Nacional Autónoma de México / Universidad Autónoma del Estado de México / Instituto Politécnico Nacional / Universidad Autónoma Metropolitana / Universidad Autónoma de Nuevo león / Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, México, p. 40.

7 Salinas Beristáin, Laura (2001), “La legislación sobre la mujer”, en ibid., t. 3, p. 28.

8Lamas, Marta (2001), op. cit. p. 40.

9 González, Irma Saucedo, y María Guadalupe Huacuz Elías (2011), “Movimientos contra la violencia hacia las mujeres”, en Gisela Espinosa Damián y Ana LauJaiven (coords.), Un fantasma recorre el siglo: luchas feministas en México, 1910-2010, Universidad Autónoma Metropolitana / El Colegio de la Frontera Sur / Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología / Itaca, México, p. 232.